RUIDO

Eran las 3 de la mañana en San José, Costa Rica, cuando un sonido agudo y penetrante envolvió mi cuarto. Era algo así como el chillido de un ratón, las uñas en una pizarra y el dedo sobre cristal mojado, todo al mismo tiempo y a un volumen que se acercaba peligrosamente a lo doloroso.

Grité, preguntando de dónde venía y quién podía hacerlo parar. El sonido de mi voz no lograba llegar, ni siquiera, a mis oídos. Evidentemente, no obtuve respuesta de nadie. Salí a la sala con las manos en los oídos, toda mi familia estaba ahí con la misma expresión de desagrado y molestia. Las niñas lloraban, todos estábamos muy irritados.

Salí a la calle a buscar la fuente del ruido. En la acera estaban los vecinos; algunos tenían las manos en sus oídos y todos veían hacia los lados o hacia arriba. Nadie sabía de dónde venía. Fue sorprendente ver pasar a un helicóptero del ejército; daba la impresión de ser algo importante.

Pasaron un par de horas y el sonido no se detenía, no se atenuaba y no cambiaba en lo más mínimo. Me fui a asomar al televisor con mis papás. No había audio, solamente letras e imágenes. El ruido no era en mi barrio, mi ciudad o mi país; era un fenómenos global, y nadie sabía de dónde venía. Las redes sociales lo confirmaban, todos estábamos despiertos, irritados, preocupados y profundamente intrigados por el ruido insoportable que hacía imposible que nos comunicáramos y, evidentemente, que descansáramos.

 

Pasaron semanas…

…y el ruido seguía ahí. Los tapones para oídos se convirtieron en el accesorio indispensable y todos comenzamos a aprender a comunicarnos por señas. Nos enviábamos mensajes de texto, aun estando en el mismo espacio; teníamos pizarritas portátiles y arrojábamos gestos pronunciados. Ya no nos preocupábamos por emitir sonido, empezaba a ser evidente que era totalmente inútil.

Los carros dejaron de tener pito y las sirenas de la policía ya no cumplían su función.

Compañías enteras cayeron en banca rota al no lograrse adaptar a las nuevas modalidades y vías de comunicación. La economía se afectó profundamente por la contaminación auditiva.

Rápidamente, los que podían costearlo, aislaron sus casas o habitaciones del ruido, logrando bajar un poco el volumen del nuevo ambiente. Surgieron “cafeterías silenciosas”, donde se aislaba el ruido o se disfrazaba con sonidos del “viejo ambiente” o ruido blanco. Este tipo de nuevos establecimientos eran tan costosos que solo una mínima parte de la población tenía acceso a un ambiente tolerable. Un trabajador promedio no experimentaría más calma que la que le pudieran proveer sus tapones de oídos.

 

Pasaron años…

…y una generación entera de niños nunca habían experimentado un mundo sin ruido. A estas alturas, se le dejó de llamar “ruido”, no se le llamaba de ningún modo. El lenguaje de señas se convirtió en el lenguaje universal, dejando los fonemas para las pudientes clases de los países más poderosos que lograban –y aun les interesaba– aislar espacios del ruido. Era tanta la adaptación, que no era una molestia en los más mínimo.

La música se adaptó al chillido, convirtiéndolo en el centro de toda producción; las películas volvieron a ser mudas, el teléfono desapareció; la industria, la sociedad y, en términos generales, el ser humano, convirtió al ruido en parte de su vida.

Gritar de enojo, sollozar de dolor y gemir de placer empezaron a ser consideradas conductas que indicaban trastorno mental. Se perdió la noción de la voz; de la sensualidad de la voz femenina, del sonido agudo y el grave. La monotonía de la nueva ola musical que integraba al ruido, mató a la música.

Los niños ya no pensaban en función a sus voces, si no en sus letras y señas. Ya no era necesario enseñar a convertir palabras escritas en palabras verbalizadas y viceversa. Con letras bastaba.

Los abuelos éramos los únicos que sabíamos hablar, y ya no teníamos con quién. Éramos una reliquia de un mundo distinto: los que sabíamos que había un ruido. Ya ni siquiera nos preguntaban como era el mundo de antes, ya estábamos hartos de dar nuestros testimonios escritos a canales de televisión documental.

Pronto, ya no quedó ni uno solo de nosotros.

 

Hoy…

… el ruido se detuvo y me muero por ver qué va a suceder.

 

 

 

 

 

Lo anterior es una adaptación de algo que alguien me comentó que había “medio” leído en algún lado. Si alguien encuentra la misma idea en un texto parecido, me gustaría saberlo.

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